La llamada entra puntual. Al otro lado de la línea, la voz de Fátima Paola Arias suena clara, con esa emoción que todavía guarda la energía de la función de anoche. Yo aún tengo frescos los rostros del público: miradas que se quedaban clavadas en las expresiones desbordadas de ella, silencios pesados cuando se hablaba de migración, nudos en la garganta cuando se hablaba de las desapariciones. “Cuéntame tus huellas, Jalisco” no se ve como un espectáculo: se vive como una confesión colectiva.
Antes de empezar la entrevista, Fátima se presenta con la serenidad de quien lleva más de dos décadas dedicada al arte escénico. Es originaria de Zapotlán el Grande, Jalisco y desde joven decidió estudiar actuación porque encontró en la disciplina un espacio para desarrollar su sensibilidad y su manera de existir en el mundo. Se formó en el Centro Nacional de las Artes, en la Ciudad de México, y hoy cuenta con más de 23 años de trayectoria. Además, posee una maestría en desarrollo humano y recientemente concluyó una licenciatura en estudios y creación literaria, combinando así la actuación con la escritura, la dramaturgia y la reflexión sobre la complejidad humana.
Con toda esta formación, Fátima se preguntó cómo podía poner su experiencia al servicio de las historias de otros y surgió la idea de Cuéntame tus huellas, Jalisco:
—Se me ocurrió crear este proyecto que es apoyado por el Sistema Nacional a la Creación de Proyectos Culturales y Artísticos, y lo que hice fue recaudar historias de vida de la región, más en las zonas rurales, buscando ese encuentro de escucha.
Le presto atención mientras tomo notas. Su tono tiene algo de calma y algo de peso, como si cada palabra arrastrara detrás decenas de voces. No habla de protagonistas ni de grandes figuras: habla de “la gente”, de campesinos que dejaron la tierra, de familias que esperan a los que se fueron al norte, de personas que buscan a su conocido sin cansarse.
También, no puedo evitar pensar en la conexión profunda entre sus raíces y su obra. Me parece que cada historia que va a contar tiene un peso distinto porque surge de una vivencia personal, de un vínculo tangible con la tierra y con la gente que trabaja en ella.
Y, de estas historias en específico, a ella personalmente, ¿qué le enseñaron sobre resiliencia, los dolores y las certezas de las personas que entrevistó? Fátima recuerda:
—Mira, hay una frase que me dijo una señora que tuvo una vida mucho más difícil que la mía. Le pregunté: “¿Cómo hiciste para poder estar hoy alegre, aquí, a tus 80 y tantos años, y sonreír y divertirte? ¿Cómo lo hiciste?”
—Y me dice: “Pues es que yo no sufrí tanto, o sea, yo no tuve que superar nada.” Entonces ahí entendí que en la vida misma, simplemente hay que tener el valor de vivirla así como venga. Eso fue lo que observé de esas personas en la zona rural: el contexto es este, y yo aquí estoy.
—Para mí fue admirable y dije: “Aquí está el drama, aquí está la grandeza, aquí está el heroísmo: aceptar la vida y vivirla, y aún así encontrar cosas bellas.” Eso es lo que reflexioné y aprendí, y me llevo continuamente.
Esta idea se convierte en la filosofía que guía toda su labor artística. Para Fátima, el teatro no es una comunicación unilateral, mucho menos una herramienta para embellecer la vida de las personas; es un espacio de escucha, reconocimiento y encuentro con la realidad, incluso en sus facetas más duras. Su mirada humanista implica respetar la voz de quienes cuentan su historia, darles tiempo y espacio, y evitar que su sufrimiento se reduzca a un mero espectáculo. Así, la obra se convierte en un lugar de encuentro entre lo artístico y lo humano, donde se celebra la capacidad de la gente para vivir, resistir y encontrar belleza incluso en la adversidad.
—¿Cómo desarrollas la puesta en escena, tanto en términos de ritmos, silencios y también para la participación del público? —pregunto.
Fátima responde, hilando la respuesta con su práctica: que algunas escenas son lentas como sueños, que otras tienen ritmo marcado, para que el público perciba las metáforas visuales y que la mayor parte de la obra mantenga una sensación suave, sin tanta adrenalina, logrando un diálogo entre escena y espectador sin imponer, sino invitando.
“Cuéntame tus huellas” es, en efecto, un trabajo escénico y literario que integra dramaturgia, actuación y composición musical. La obra se construyó a partir de la recolección de 33 historias de vida de residentes de pueblos y rancherías del sur de Jalisco, narrativas de la vida y cuentos personales, que moldean a una comunidad y su territorio.
En la obra se destacan varios personajes simbólicos: el pueblo, como conglomerado de energías; los “Eúies”, representación del crimen organizado, que más que decir algo coherente, solo balbucean, los noticieros, el entretenimiento vulgar y la política, que generan ruido y miedo; y las individualidades, historias de vida que revelan la complejidad humana. Incluso, en la función se invita a un miembro del público a incorporarse como personaje, lo que refuerza la dimensión colectiva del proyecto.
La escenografía, como me cuenta, es otro personaje más de la obra. Un ropero lleno de objetos y ropa, cada uno con historia, representa recuerdos, ausencias y vivencias de la gente que habita estos pueblos. Desde huaraches que fueron utilizados por un campesino que conoció, hasta camisas o vestidos que evocan momentos significativos, el escenario se convierte en un archivo de memoria colectiva.
El trabajo de asesoría escénica también fue fundamental para dar forma a este universo.
—Alicia Martínez, ¿no? —le pregunto—. ¿Cómo fue el trabajo con ella como asesora escénica para dar forma a todo este universo que planteas?
—Ah, muy bien —responde Fátima—. Mira, Alicia Martínez es una directora de teatro maravillosa que vive en la Ciudad de México y fue mi maestra durante un semestre. Me gusta mucho porque ella trabaja con máscaras, trabaja con objetos. Yo ya sabía por dónde quería la estética y Alicia fue mi asesora.
Reflexionando sobre el trabajo de Alicia con Fátima, me di cuenta de lo valioso que fue su consejo: dejar hablar a los objetos. Ella la orientó de manera que los objetos hablaran por sí solos, para que su forma de aparecer tuviera sentido.
La música, por su parte, fue compuesta por Eli Arenas, quien junto con Fátima trabajó en un collage sonoro a partir de las grabaciones de las voces de los entrevistados y de sonidos ambientales: desde parcelas de agave hasta brechas rurales. La composición musical no sólo acompaña las escenas, sino que dialoga con ellas, reforzando emociones y silencios, y ayudando a construir la atmósfera.
La conversación telefónica se convierte, poco a poco, en una extensión de la obra: un espacio donde nuestras memorias, reflexiones y experiencias entre ella y yo se entrelazan. Fátima, con su formación en actuación, desarrollo humano y creación literaria, logra que “Cuéntame tus huellas” no sea solo teatro, sino un testimonio que invita al público a reconocerse en los relatos de su propia tierra.
—¿Y qué esperas que el público se lleve? —le pregunto, casi al cierre.
—Un buen sabor de boca, a nivel estético, y que deseen seguir viendo teatro y escena más hacia lo simbólico, más hacia la metáfora; que se encuentren con el gusto de querer ver más este tipo de obras escénicas.
Ahora, ya finalizando la entrevista, le pregunto:
—Dime qué sigue para Cuéntame tus huellas. ¿Qué presentaciones va a tener?
Fátima responde con esa calma que ya me resulta familiar, pero con entusiasmo contenido:
—Mira, lo que deseo es seguir presentando la obra para continuar con el desarrollo. Busco que tenga la participación del público, quizás incluso llegar a convertirla en un espacio de didáctica teatral o de juego escénico. Es decir, que sea una obra de teatro, pero con un espacio de intervención desde el público, algo mucho más participativo y que no solo sea una función de sentarse y ver.
Mientras escucho, pienso en cómo esto transforma la experiencia: el espectador deja de ser un observador pasivo y se convierte en parte de la memoria colectiva que la obra busca reconstruir.
—Esto es lo que deseo de la obra —continúa Fátima—: que evolucione hasta el punto donde el público pueda narrar parte de su vida dentro de la función, improvisando: “Ah, mi historia se puede contar así, y también yo la puedo modificar así”. Y en donde estemos en este estado de Jalisco, preguntándonos sobre lo que podemos hacer.
Y aunque por el momento, Fátima no tiene fechas programadas en teatros, sigue trabajando la obra en espacios educativos y comunitarios, buscando que cada presentación sea una oportunidad para acercar al público al universo de historias que habitan en la región.
Al final de nuestra llamada, es imposible no pensar que esta obra es un acto de amor y reconocimiento: un esfuerzo por preservar la memoria colectiva, dignificar la experiencia de quienes viven en el sur de Jalisco y ofrecer una experiencia estética que, más allá de entretener, conmueve y enorgullece.
