La miseria como entretenimiento en México

Chinguda

La gentrificación en México ha aumentado debido a la llegada de extranjeros que ya no solo vacacionan, sino que se establecen en el país, lo que genera desplazamiento y un incremento en los costos de renta y venta de propiedades. De acuerdo a la ONU, este proceso implica la renovación urbana acompañada de un flujo de personas de clase media o alta que desplazan a los habitantes más pobres de las áreas de intervención. La influencia de creadores de contenido ha acelerado este fenómeno al presentar a México como un destino económico y seguro, aunque lo hacen desde una burbuja tan estrecha y superficial que ignora las realidades del país, como el reciente descubrimiento del campo de exterminio y adiestramiento; el Rancho Izaguirre en Jalisco.

Un ejemplo de esta problemática es la influencer surcoreana Sujin Kim, conocida como Chingu Amiga, quién comenzó su carrera enseñando coreano pero posteriormente diversificó su contenido para abordar los contrastes culturales entre México y Corea de manera fresca, liviana y cómica. Sin embargo, recientemente fue criticada por tratar temas sociales complejos, como la migración, de forma caricaturizada y con el objetivo de tener más seguidores en su canal de Youtube, lo que ha generado un cuestionamiento sobre la responsabilidad de los creadores de contenido en como presentan su “contenido”.

El lucrar con historias de personas que viven con una problemática social, se le considera como pornomiseria, en palabras más sencillas, este término se define como mostrar la precariedad, la marginación y las problemáticas sociales con música caricaturizada y como si fuese una ficción. Algo que hizo la influencer coreana Chingu Amiga en uno de sus recientes videos de Youtube titulado “La deportaron de EEUU y dejaron sin nada en México…Fui a ayudarla”.

El caso de Chingu Amiga no es aislado, hay influencers de distintas nacionalidades que han encontrado en la pobreza un escenario exótico y conmovedor para captar vistas, posicionando a las personas que realmente viven situaciones complicadas como objetos de lástima, dando como resultado un discurso de explotación disfrazado de un supuesto interés genuino por dicho país. Sin embargo, detrás de cada video titulado “México no era DESIERTO?!! COREANA  conociendo México por PRIMERA VEZ” se refuerzan y promueven narrativas con estereotipos de precariedad y dependencia por una opinión extranjera.

Lo peor es que lejos de que estos influencers puedan generar cambios estructurales, solamente recaen en estas malas prácticas que suman a la desigualdad y consolidan el fenómeno del “turismo de pobreza”, donde la miseria ajena es el decorado perfecto para la construcción de una marca personal. Mientras los videos monetizados generan ingresos millonarios, las personas exhibidas siguen en la misma situación de abandono.

Es indignante ver cómo miles de millones de personas mexicanas lidian con el sistema burocrático de trámites, facturas y pagos del SAT, mientras que estos personajes de internet disfrutan de un paraíso fiscal justificado con la creación de contenido cultural. La situación de influencers extranjeros, como Chingu Amiga quien genera contenido con titulares como “Mi hermana viviendo como MEXICANA (En Oaxaca)” o permite que medios de gran impacto, como The New York Times afirman a nivel mundial “En Corea del Sur, se sintió un fracaso. En Latinoamérica, es una estrella”, contribuye a la crisis de gentrificación que atraviesa México. 

Esto ocurre en un contexto donde los extranjeros se aprovechan de un vacío legal que existe en el país, ya que, aunque el Artículo 31, fracción IV de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece la obligación de contribuir al gasto público, la falta de mecanismos específicos para regular a los creadores de contenido digital deja muchos aspectos sin definir para su correcta aplicación. 

Enfrentar la gentrificación digital y la explotación de la pobreza en redes sociales requiere una reflexión tanto de los consumidores como de las autoridades. Los consumidores se deben de cuestionar el contenido que romantiza la precariedad y reforzar el apoyo a creadores locales, nacionales o internacionales que representan la realidad mexicana con más responsabilidad. Sin embargo, la solución no puede depender solo de una parte, sino que es necesario establecer regulaciones fiscales que impidan que influencers extranjeros moneticen en el país sin contribuir al gasto público, así como políticas que controlen el impacto de la gentrificación impulsada por estos contenidos. 

Si México ha sido reducido a un escenario para su entretenimiento, es momento de exigir que quienes lucran con él también retribuyan a su gente y a su economía.

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