La tierra grita y el gobierno no escucha

Lo que está pasando en Jalisco no es solo una protesta: es un grito que viene desde el fondo de la tierra.

Los productores de maíz, hombres y mujeres que trabajan bajo el sol, que viven de lo que siembran, hoy están en las carreteras porque ya no tienen otra forma de ser escuchados.

Llevan años pidiendo algo tan simple como justo: un precio digno por su maíz. No están pidiendo regalos ni subsidios caprichosos. Están pidiendo que el esfuerzo de sembrar, cuidar y cosechar valga lo que realmente cuesta producirlo.

Pero parece que en este país, quien produce comida tiene que mendigar para sobrevivir. En Jalisco, el maíz no es solo un cultivo: es cultura, es identidad, es raíz. Sin embargo, quienes lo cultivan viven con la incertidumbre de no saber si lo que cosechan les alcanzará para cubrir los gastos de la próxima siembra.

El precio actual no alcanza ni para pagar los fertilizantes, el diésel o los créditos que los productores tuvieron que pedir para mantener sus parcelas. Y mientras tanto, los discursos oficiales siguen hablando de “apoyar al campo” como si fuera una promesa que nunca llega.

Los productores se cansaron de esperar. Por eso cerraron carreteras, tomaron casetas y levantaron pancartas. Porque cuando el hambre aprieta, la paciencia se agota. Bloquear caminos no es lo ideal, pero ¿qué otra opción les dejaron?

Durante meses, los campesinos han pedido diálogo, precios justos, atención. Y lo único que han recibido son visitas políticas, fotografías y promesas. La protesta del maíz no nace de la rebeldía, nace del abandono.

Es fácil juzgar desde la comodidad de una oficina o de una ciudad donde el maíz llega limpio, empacado y barato. Pero detrás de cada tortilla hay alguien que perdió sueño, dinero y esperanza para producir ese grano.

En México se habla mucho de soberanía alimentaria, pero se olvida que esa soberanía empieza en las manos del campesino.

Si dejamos que los productores abandonen el campo porque no pueden sostenerlo, ¿de qué independencia alimentaria estamos hablando? El país no puede presumir de ser tierra del maíz cuando sus productores están quebrando. La historia se repite: promesas, protestas, olvido.

Y mientras tanto, los precios del maíz siguen siendo injustos, los apoyos insuficientes y el campo cada vez más vacío.

La protesta de hoy es el reflejo de un sistema que no entiende que sin campo, no hay país.

Yo no soy agricultor, pero respeto profundamente a quienes lo son. Porque de ellos depende que todos tengamos algo que poner en la mesa. Y si ellos tienen que salir a las calles a exigir justicias significa que el gobierno ha dejado de escuchar la voz más importante: la de quienes alimentan a México.

El maíz no solo está en el campo, está en nuestra historia, en nuestra cultura y en nuestra vida diaria. Si dejamos que el campesino se rinda, también estamos dejando morir una parte de lo que somos.

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