Soy la voz que no tengo

Aquí estoy, las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Paso los fines de semana en una soledad profunda, pero cuando la semana empieza, vienen a mí. Soy de plástico y fierro, con un reposabrazos que sirve de mesa o de almohada, depende de los ánimos de quien me ocupe. Mis patas están firmemente puestas al suelo, dispuesta a servir y, en cada uso, aprender. Soy fría, sí, pero estoy anclada a la verdad de mis estudiantes, a sus vidas que se desenvuelven frente a mí.

Llevo una serie de números grabada que no entiendo del todo… ¿inventa… inventariada? Creo que estoy inventariada, para según ellos, llevar un registro de todas nosotras. Pero no lo entiendo. No entiendo por qué a muchas de nosotras nos desechan aun cuando estamos enteras, y terminamos arrumbadas en un rincón. Mientras otras, que se aferran con uñas y dientes a sus últimas partes, no las tiran. Así es. Y yo, solo soy una más de esas butacas que ven la vida pasar, a la espera de saber si mi destino será el mismo, o si solo seré un número en la lista de la burocracia.

Y justo cuando creo que soy solo eso, un número, un objeto que será desechado, mis estudiantes llegan. Y a pesar de que, si llegan tarde o no, me recuerdan que soy más que esto. Porque al final, soy la testigo silenciosa de todas sus esperanzas y penas.

Soy cómplice de la que se duerme con la cabeza recargada en su brazo, agotada por el turno nocturno de su trabajo, pero forzada a mantenerse despierta para aprender, a la vez que costea su carrera. Y no solo siento el cansancio. He escuchado de las burlas que cortan el alma como cuchillos, y he sentido la humedad de las lágrimas del compañero que ya no soporta esa constante humillación.

Sé la presión del que quiere pasar la materia para graduarse con excelencia académica porque su padre, un médico, le exige a su retoño que también lo sea, aunque él hubiese querido estudiar algo totalmente diferente. He oído a ese mismo estudiante decirles a sus amigos que está bien, que no pasa nada. Pero yo, inmóvil, siento la verdad. Siento el constante temblor de su pie, el sudor frío de su cuerpo cuando un ataque de ansiedad lo consume en silencio.

Sé de los trabajadores y maestros acosadores. Los ubico por sus nombres y por las materias que imparten. Los he visto desde que llegué aquí y, a pesar de todo, siguen siendo la “vaca sagrada” de la carrera, intactas e impunes. Parecen saberlo todo sobre su área, pero al parecer no saben otra cosa que no sea la de ser personas nefastas.

A veces, la desesperación me inunda, me asfixia. ¿QUÉ PUEDO HACER YO? Una butaca sin voz, sin brazos para defender a quienes he visto sufrir. Díganme, grítenmelo si quieren: ¿QUÉ PUEDO HACER YO? Si al final del día solo soy un objeto que termina oliendo a culo sudado.

Ya estoy cansada de presenciar los incontables pitches memorizados de los candidatos de movimientos estudiantiles, año, tras año, tras año, prometiendo días mejores. Pero al final, muy pocas cosas son las que cumplen. Yo sigo igual, con los mismos rayones, con el mismo tornillo flojo de hace tiempo. Y ni se diga de mis compañeros: el internet, un fantasma que se niega a entrar en algunos salones, desaparece cuando más lo necesitamos. Y el suelo, un viejo amigo que se va rompiendo y agrietando de a poco, nos recuerda que el tiempo también lo está dejando atrás. Y es curioso, sobre todo porque este es en un centro incluyente, que se supone que cuida que el camino sea accesible para todos.

¿Estos movimientos, y la política en sí, de verdad harán algo por los míos? No lo sé. No puedo responder porque estoy en el aula más lejana de este centro universitario, lejos de rectoría. Y a mí, que soy una butaca, nunca he sido requerida a una junta de por aquellos rumbos para hablar de estos temas.

Pero lo que sí sé, por voz de mis estudiantes, es que hay personas en el sistema educativo que se preocupan genuinamente por una educación que acompaña con humanidad. Son contadas, pero las hay. Sin embargo, también he escuchado las fallas, las denuncias que llegan a las oficinas de derechos universitarios y se topan con la indiferencia. Con ese “si la vida te da limones, haz limonadas” que no es más que una revictimización disfrazada de consejo. Y yo, que he sentido el peso de esa vida, sé que no hay limonada que cure las heridas que veo cada día.

El sistema deshumaniza, y más aún en una universidad que convierte la educación en un negocio. Puede que de vez en cuando e indirectamente, cumpla su función humanitaria, pero al final sigue siendo solo eso: un negocio. ¿No es así?

Y se cuestionarán que qué hace una simple butaca hablando de un tema tan complejo como los derechos universitarios. Pero yo sé, yo sé mejor que nadie lo que les duele a mis estudiantes, lo que los alegra, lo que los preocupa y lo que los entristece. Pero a pesar de eso, yo solo cumplo mi función: ser uno más de los miles de objetos inmóviles que pueblan este territorio delimitado que llaman autonomía universitaria.

Y creo que lo único que puedo llegar a hacer es seguir siendo yo, una butaca que no puede levantar la voz porque no cuenta con una, esperando con ansias el día en que mis estudiantes por fin exijan su derecho a una educación digna. Porque ese día… ese día será en el que ellos y ellas me den la voz que yo no tengo. La voz de ellos y ellas, que harán temblar estos muros.

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