Es una noche fría y ventosa de octubre en Zapotlán el Grande, de esas que huelen a huracán y a fiesta. Frente al escenario, una multitud espera, algunos sin saber muy bien qué viene, hasta que, a las nueve en punto, aparece El Gran Silencio: nueve músicos, tres guitarras, timbales, una batería, y una energía que sacude el aire como un relámpago. Cano Hernández, con el cabello erizado al mero estilo punk y con ropa que grita libertad, marca el ritmo del caos: “Estado de emergencia” desata el grito de “¡abran cancha!”, y el ska arranca furioso, empujando cuerpos que luego el reggae calma, como si la banda jugara con la energía del público, subiéndola y bajándola a su antojo.
Pasan a un sonido más lento y relajado con “Cumbia lunera” y los bebés despiertan entre el humo de mota; el cuerpo responde sin permiso, torpe pero vivo, bailando entre desconocidos que se saben parte del mismo tempo. Hay señores que graban para guardar la juventud, madres que mecen a sus hijos al compás, mujeres que sonríen con la serenidad de quien ya ha bailado mil veces, parejas que se pierden del ritmo, pero se hallan entre sí, y jóvenes que golpean y tiran a otros en el mosh pit, pero no por violencia, sino por impulso.
El concierto avanza sin pausa y la banda no se detiene: rock, hip hop, norteño, vallenato y cumbia que rinde homenaje a Celso Piña, mientras Tonny Hernández grita al público: “¡El maestro Celso Piña y El Gran Silencio están presentes, familia!” La mezcla de ritmos y la energía del escenario mantienen a todos moviéndose, intentando cantar al doble tempo que marca la banda, y celebrando juntos. Un recorrido sin respiro donde el silencio sólo existe para ser roto por la multitud.
Cuando parece que todo termina, se despiden entre el lodo y el cansancio, pero la gente exige más: unos piden “¡otra!”, otros insultan entre risas, y otros piden por su himno, “Chúntaro Style”. Vuelven al escenario para sorpresa de nadie, y entre los aplausos, suben junto a dos niños con unas sobrecamisas que les llegan a los nudillos, un short por debajo de las rodillas y un paño sobre la gorra, luego un tercero, y los tres bailan con la soltura del barrio. Por un instante, la infancia, la música y la alegría conviven, y el baile se vuelve la única forma de mostrarse auténticos y chuntaros.
Y en medio de ese ruido compartido, mientras la tierra vibra y el sudor se mezcla con la música, uno entiende que los eventos culturales son más que un concierto: son una sinfonía de cuerpos y voces donde se cruzan los que van al sur o los que suben al norte, los que miran a otros países, a otros mundos, o simplemente a nuevos horizontes, los que giran hacia el centro o se pierden entre la izquierda y la derecha.
Ahí caben todos: políticos que aplauden sin discursos, activistas que cantan sin pancartas, personas que llegan sin grandes causas ni banderas, solo para distraerse de la rutina diaria o infancias que aprenden a leer el mundo entre risas y pasos perfectamente descoordinados. Entre fans que llevan 33 años acompañando a los acordes de la banda regia y los de dos horas que apenas los aprenden, la música se vuelve punto de encuentro, un territorio común donde las diferencias no pesan, sino que bailan.
Y al final, lo lograron: después de tantos intentos por hacer cantar al público zapotlense, El Gran Silencio rompió su propio nombre. Todos gritaron, desafinaron y dejaron la garganta en el aire. Pero, irónicamente, el verdadero gran silencio llegará mañana, cuando despierten roncos, sin voz y con la única prueba de la fiesta en la garganta reseca de tanto cantar.
