Donde los libros hablan y el poder calla: protesta estudiantil en la FIL

Gritos de estudiantes de primaria; risas de los de prepa. Amantes de los libros: de la ciencia ficción, del ensayo social, de las novelas románticas, del cuento, de la poesía. Maestras y maestros recorren los pasillos en busca de nuevas referencias para sus clases. Conferencias institucionales con universidades de renombre, unas más fifí que otras. Letrados y curiosos van y vienen entre auditorios y salones.

Y entre todo ese ruido que aturde a cualquiera que visite la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, surge un silencio distinto: el de un grupo de estudiantes organizados que frente al silencio y la violencia universitaria, sistemática, decidieron hacerse escuchar en el punto exacto donde los libros del mundo se encuentran.

Eran apenas ocho. Ocho personas entre miles, ocho voces frente a un recinto que presume invitados de treinta países, editoriales de todos los continentes y una multitud que rasca con sus uñas el millón de visitantes. Pero ahí estaban, en el ojo del huracán cultural: paradas y parados, firmes, sosteniendo pancartas que parecían insignificantes ante el tamaño del mundo que los rodeaba. Y aun así, su presencia cortaba el paso como una piedra pequeña en medio del río: discreta, pero imposible de ignorar cuando se pisa.

Entre los pasillos L y M, sobre la avenida Novelista, como si ahí también se escribiera otra historia, se encuentra el primer stand de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Por primera vez en los 39 años de la FIL, lograron un espacio piloto. Según Dani Mariel, secretaria de Orientación Educativa y Desarrollo Profesional de la FEU, la idea es que cualquier persona de la comunidad estudiantil pueda acercarse y preguntar sobre becas o sobre las distintas agendas que han impulsado. “Y, sobre todo, que seamos visibles. Me queda claro que con toda la controversia que se ha generado, en muchos espacios no alcanzamos a llegar. Se necesita abarcar más.”, mencionó.

Afuera de ese stand, mientras los feuistas reparten el programa “Fluye con seguridad”, los ocho estudiantes llevan ya cerca de una hora.  No saben cómo saldrán: si por las buenas o si en algún momento tendrán que apresurarse. “Dijeron que habían hablado a seguridad para que vinieran por nosotros, cuando estamos nada más aquí parados con carteles, no estamos haciendo ningún tipo de agresión, no estamos ni truncando sus actividades que traen”, mencionó una de ellas justo cuando es interrumpida por el cotorreo y la música a todo volumen de los demás.

Pero vuelve a retomar la idea, levantando un poco más la voz: “Empezaron a traer aquí a más gente, y a personas de seguridad, pero estos últimos al percatarse que no estábamos haciendo nada, pues no hicieron nada. Entonces, empezaron a llegar un montón de feuistas y nos comentaron que venían más. No sé si será algún tipo de amenaza hacia nosotros, quienes no tenemos nada que temer”. Concluye Ortiz, alumna del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades.

Hoy, los estudiantes se manifiestan porque dicen que la FEU ha operado con recursos millonarios sin transparentar su uso, “gastaron 10 millones de pesos sin saber exactamente en qué”, mientras las necesidades básicas siguen sin resolverse: seguridad, transporte, infraestructura, cupos, representación en los campus. Aclaran que no es un reclamo contra individuos, sino contra una estructura que los ha dejado sin protección y sin representación.

Y es que la molestia no nació en este momento, en medio de los libros de la ciudad invitada, Barcelona. El descontento se desbordó en la violencia del 10 de septiembre, cuando una protesta pacífica en Rectoría General derivó en agresiones contra estudiantes. Personas de distintos centros universitarios se plantaron para exigir su derecho a una educación digna y al freno de las elecciones de una federación que no los representa. La reacción oficial fue negar su voz y callar en medio de señalamientos directos. Ese silencio e indiferencia, alimentaron aún más su sensación de abandono. Por eso hoy siguen aquí, levantando la voz.

“Fue una táctica de violencia que no sabíamos que la UDG… bueno, sí sabíamos, pero no creímos que la fueran a usar. Y quedó en evidencia, ¿no? Que con tal de reprimir, la institución está dispuesta a utilizar cualquier tipo de fuerza”, mencionó uno de los manifestantes, quien prefirió mantener el anonimato y sólo aclaró que es estudiante de esta universidad.

Mientras estas ocho voces protestan en silencio, el resto de la FIL continúa en su propio ritmo, con sus actividades programadas: presentaciones de libros, editoriales acomodando cajas de novedades, estudiantes con bolsas llenas de libros o cómics. El evento sigue como si nada, como si esos ocho no existieran. Y justo esa indiferencia, esa capacidad de los espacios institucionales para absorber cualquier situación sin que parezca ruptura, es lo que los estudiantes intentan fracturar, aunque sea por un instante.

“Personalmente es muy abrumador. A veces también es muy desesperanzador porque justamente te sientes sola, sientes que nadie está ahí para escucharte. Es muy feo estarlo viviendo, pero al final lo que nos salva es la unidad entre otros estudiantes, la resistencia que tenemos y pues pensar que hay otras formas” menciona Ortiz, quien también es integrante de la Asamblea Estudiantil, un grupo de alumnos autoorganizados que no se sienten representados por la FEU.

En cuanto termina de hablar, dos personas se acercan y se colocan justo frente a ella, levantando sus propios cuerpos como barrera para tapar las pancartas donde Ortiz denuncia su experiencia con la FEU. Ella sigue hablando sin pausa, sin bajar la voz ni los brazos donde sostiene sus carteles:

“Yo estoy aquí protestando junto con mis compañeros por varias cuestiones de agresión que se viven dentro de la FEU. Yo personalmente sufrí una agresión sexual por parte de un miembro de la organización. La FEU lo encubrió, lo apoyó; él pudo terminar sus estudios y yo nunca recibí ningún tipo de apoyo de su parte, a pesar de que, justamente, la rectora de la universidad, Karla Planter, dice que ‘es el tiempo de las mujeres’.”

Mientras Ortiz habla sin que le tiemble la voz, entre el murmullo del pasillo se escapa un comentario al aire: “ya me voy de aquí para que no me vayan a golpear”. Se escuchan risas. Las y los manifestantes permanecen inmóviles, casi como estatuas, con los pies bien plantados en el suelo y los carteles firmes entre las manos. A su alrededor, el contraste es abrumador: estudiantes bailan, ríen, se toman fotos; en el stand continúa la música y la convivencia. Dos ritmos conviven sin tocarse: el festivo, y el de la denuncia silenciosa.

Por su parte, Itzel, consejera del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, toma la palabra, y explica que los estudiantes que protestan están en su derecho de manifestarse como consideren necesario. Lo que pide, dice, es correspondencia: “Nosotros les damos respeto y queremos recibir lo mismo. Ya ha habido varias ocasiones, en varios centros, en las que no se nos ha dado ese trato”, señala, mientras se recarga ligeramente sobre una columna del stand.

Dalila Benitez, excandidata a la presidencia de la federación y actual secretaria general de la FEU por esta administración, asegura que su objetivo es “buscar la dignidad de todas y todos los estudiantes en la Universidad de Guadalajara”. Mientras saluda a quienes la reconocen, les pide que la esperen un momento. “La diversidad de ideas es algo que enriquece bastante” Continua. “Escuché una vez que a veces buscamos las mismas cosas, pero por diferentes rutas. Yo jamás pondría las cosas con violencia ni con estupefacientes”, añade.

Mientras habla, Dalila observa a algunas manifestantes y hace un gesto de advertencia, y dice: “Mira, ahorita pasa por acá y vas a ver una niña con la cara rara. Y es muy raro. O sea, le ves las pupilas y están muy dilatadas. Entonces, pues se nota, ¿no?”. La escena que observa y sus palabras reflejan la tensión que guarda en su mente frente a lo que ocurre.

Dalila insiste en que no es el momento para acercarse a los manifestantes, pues asegura que cuando lo intentó, la recibieron con hostilidad. “Yo llegué a repartir mis separadores y una chava me dijo: ‘Yo le quiero agarrar a vergazos a ella’. Y yo así de: ¿qué pasó? Si yo solo llegué”, relata. Para ella, algunas luchas pueden tener sentido, pero dice que no es la forma en que han decidido manifestarse el día de hoy.

Y así fue, como en un evento dedicado a la palabra, lo que más destacó fue lo no dicho. El plantón mostró una fractura interna que pocas veces se reconoce públicamente dentro de las instituciones: el conflicto entre quienes ven en ellas una estructura de representación y quienes las consideran máquinas de control que sancionan y callan.

Al final del día, el stand siguió iluminado, con su programación intacta. El plantón siguió también, más cansado, más aporreado, pero firme. La FIL siguió su ritmo. La institución, su silencio. Y esos estudiantes, con sus plantas de los pies cansadas, parecían estar escribiendo la única historia que no estaba impresa con tinta en un libro: Con decir poco, escribían la historia de una comunidad que pide ser escuchada, no a gritos, sino con firmeza.

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